domingo, 1 de septiembre de 2013

CARMINA BURANA

Carmina Burana no tenía palabras. Escuchaba  las palabras de todos. También las sentía. Sentía palabras dulces y otras saladas como las olas. Palabras blandas o duras como hierro.

Cuando Carmina Burana abría la boca para decir “playa”,  la arena la envolvía con un remolino. Si decía “pájaro”, los benteveos, calandrias y mirlos revoloteaban a su alrededor. Pero nadie oía sus palabras. Ellas volaban como mariposas en el silencio de la siesta.

Era como si la bruma del mar absorbiera los sonidos de su garganta de oro y un velo de gasa rodeara la silueta de la niña.

Carmina Burana se internaba en el bosque y se callaba. Pisaba el colchón de hierba y pinocha. Se sentía transparente y liviana. Escuchaba las ramas que crujían, las hojas que temblaban, sus pasos leves, su corazón que latía agitado.

Carmina Burana tenía el pelo negro, los ojos curiosos y la voz asustada.

Por la mañana caminaba por la playa dorada. A la tarde prefería leer a la sombra de los árboles.

Cuando leía soñaba. Cuando soñaba cantaba.

Un día se despertó cantando y el bosque hizo silencio, el mar se quedó calmo, los amigos sonrieron  y la abrazaron con una ronda de estrellas.

Desde ese día Carmina Burana tuvo las palabras para decir. A borbotones salían las palabras. Un mar de olas encrespadas…

Carmina Burana, la niña de pelo negro, los ojos curiosos y la voz asustada, se interna en el bosque y canta.

Ahora todos escuchan sus palabras. El viento las despliega como  un velo de bruma, como bruma de gasa.


Ella deshace su trenza negra y canta.

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