viernes, 5 de agosto de 2011
domingo, 19 de diciembre de 2010
Recuperar la palabra
CARMINA BURANA NO TENIA PALABRAS
Carmina Burana no tenía palabras. Escuchaba las palabras de todos.
También las sentía:
Sentía palabras dulces. Y otras saladas como las olas.
Palabras blandas como almohadón. Y duras como hierro.
Cuando Carmina Burana abría la boca para decir “playa”, la arena la envolvía con un remolino. Si decía “pájaro”, los benteveos, calandrias y mirlos revoloteaban a su alrededor. Pero nadie oía sus palabras. Ellas volaban como mariposas en el silencio de la siesta. Era como si la bruma del mar absorbiera los sonidos de su garganta de oro y un velo de gasa rodeara la silueta de la niña.
Carmina Burana se internaba en el bosque y se callaba. Pisaba el colchón de hierba y pinocha. Se sentía transparente y liviana. Escuchaba las ramas que crujían, las hojas que temblaban, sus pasos leves, su corazón que latía agitado.
Carmina Burana tenía el pelo negro, los ojos curiosos y la voz asustada.
Por la mañana caminaba por la playa dorada. A la tarde prefería leer a la sombra de los árboles. Cuando leía soñaba. Cuando soñaba cantaba.
Un día se despertó cantando y el bosque hizo silencio, el mar se quedó calmo, los amigos sonrieron y la abrazaron con una ronda de estrellas. Desde ese día Carmina Burana tuvo las palabras para decir:
¡Hola!
Los quiero mucho.
Soy feliz.
A borbotones salían las palabras. Un mar de olas encrespadas…
Carmina Burana, la niña de pelo negro, los ojos curiosos y la voz asustada, se interna en el bosque y canta. Los amigos la siguen. Ahora todos escuchan sus palabras. El viento las despliega como un velo de bruma, como bruma de gasa.
Ella deshace su trenza negra y canta.
maríacabanne7@gmail.com
mar de las pampas 2010
miércoles, 1 de diciembre de 2010
CUENTO CON LOBO
CUENTO CON LOBO
Por María Cabanne
Convengamos que nadie va a llamarse “Caperucita” en nuestros días. A nuestra jovencita protagonista le habían puesto como sobrenombre, “Cornalito” porque salía con medio mundo. Estaba en esa edad en que se enamoraba perdidamente de cada chico con el que bailaba el viernes por la noche, para llorar desesperadamente cada noche que no la llamara y olvidarlo en brazos de un nuevo jovencito el viernes siguiente.
Esa mañana salió para ir a visitar a la abuela. En realidad, no quería visitarla. Se aburría y la abuela la importunaba con esas preguntas típicas de abuela: que si le iba bien en el colegio (¿a quién se le ocurre?); si ayudaba a la mamá con las tareas de la casa (¿está del tomate?); si había aprendido a cocinar y a limpiar la casa (¡Jamás! ¡Eso sí que no!).
Mientras atravesaba el bosque, pensaba en lo que le gustaría hacer: Irse con sus amigos a bailar a un boliche.
La idea le dio hambre, más que despertarle el apetito porque ya era como las 15 y no había probado bocado para hacer rabiar a la madre que había cocinado una tarta de acelga (¡¿quién come esa asquerosidad?!) Sacó un trozo de torta de chocolate rellena con crema y frutillas y la fue saboreando lentamente. Subió el volumen de los auriculares para no oír los espantosos chillidos de los benteveos y se tiró un poco en el pasto a descansar. Otra porción de torta no está mal; un poco de jugo, un bombón de chocolate, otro con almendra, uno con licor y es el último; uy debe haber alguno con coco… Cuando lo pensó, ya era demasiado tarde. Se sentía pesada. Se había comido prácticamente todo lo que la madre había preparado para la abuela y se sentía horrible. Estaba mareada. No podía dar un paso. Esa noche no iba a poder salir.¡Eso era lo peor! Sábado a la noche en casa. ¡Qué horror!
Tan terrible sería su cara, que cuando la cruzó el cazador de la historia original, se detuvo a preguntarle si necesitaba ayuda, qué le pasaba. Le dijo lo primero que se le ocurrió: que el lobo le había robado toda la comida que le llevaba a la abuela y no había podido hacer nada por impedirlo, aterrorizada como estaba. El cazador salió disparado, prometiéndole atrapar al sinvergüenza. Se preguntaba el cazador si no era insólito que el lobo merodeara el bosque para robarse una torta de chocolate, con tantas liebres patagónicas y comadrejas que andaban por ahí. Sin ir más lejos, apenas a unos 5 kms había unas chacras con suculentas gallinas. Pero, a decir verdad, no era lo único que le parecía insólito de la postmodernidad. No entendía mucho el mundo, ni a los jóvenes. Y este lobo debía serlo. Llegaba a esta conclusión, cuando se encontró precisamente con un joven ejemplar de lobo, tirado sobre el pasto, apoyada la cabeza contra un tronco y tan enfrascado en la lectura de un libro, que ni siquiera lo oyó acercarse. El cazador intrigado le preguntó:
- ¿Qué estás haciendo?
- Leo El pastorcito mentiroso. Me apasionan las historias con lobos.
El cazador se sentó a su lado, y se dejó atrapar por la lectura del lobo.
Un narrador omnisciente que seguía este relato afirma que mientras la abuela agonizaba de hambre en su cabaña, Cornalito vomitaba en medio del bosque.
¡Nietas, eran las de antes!
jueves, 1 de julio de 2010
LOS OJOS DE CLARITA

Clarita llevaba los ojos guardados en los bolsillos porque pensaba que si los usaba todo el tiempo se le podían gastar. Así les había pasado al abuelo Polo, a la mamá, a la seño Raquel, al Dr. Gustavo y a tantos otros que se veían obligados a andar cargando con anteojos sobre la nariz y las orejas. A Clarita le parecía incomprensible afectar la nariz y las orejas con quehaceres que no les corresponden. Ya que los ojos son para ver o para mirar.
A todo esto, los ojos no decían nada, porque ellos, como todo el mundo sabe, no están hechos para hablar. Sin embargo se aburrían bastante con su limitado paisaje de pelusas, chizitos, fichitas de juegos electrónicos y boletos de colectivos. Es por eso que un día decidieron dar el salto de su vida. Vaya a saber uno cómo, rodaron fuera del bolsillo. Desde entonces andan alucinados por la vida mirando vaquitas de San Antonio, atardeceres violetas, doradas acacias, olas de espuma transparente y lluvias grises.
Si los encontrás rodando por algún sendero del bosque, o escondidos en un médano, lleváselos a Clarita que jura y requetejura que nunca más los va a encerrar en el bolsillo.

